Quizá llego un poco tarde a este polémico tema que en los últimos meses ha encontrado tanto férreos adherentes como feroces detractores. Pero como profesora de Lengua Castellana no podía quedarme ajena a comentar el tan controvertido Lenguaje Inclusivo. Y no solo por mi profesión, sino también porque es importante hoy en día el tema de la Identidad de Género, concepto del cual ha surgido la propuesta de cambiar la forma en que nos referimos a las demás personas para ser inclusivos en temas de, bueno, género. ¿Pero estar a favor del fondo me obliga a adoptar la forma? Vamos a desentrañar un poco este tema antes de llegar a una conclusión.

¿Por qué surge el Lenguaje Inclusivo?

La lengua española ha sido acusada en reiteradas veces de ser sexista, por un lado, debido a la semántica (por ejemplo, la RAE, que recoge el uso del español, define mujer pública como prostituta, en cambio un hombre público es aquel que tiene presencia en la vida social) como también por el uso del masculino genérico para englobar a todas las personas de un conjunto, aunque estas sean en su mayoría mujeres o incluya personas transgénero o agénero. Es decir, en español no existe un pronombre neutro para referirse a las personas en plural, como ocurre en inglés con they. Así, en un grupo conformado solamente por mujeres se les denomina ellas, pero si hay un hombre o más, son ellos. Lo mismo sucede con el hombre para referirse a la humanidad, por lo que se acusa que el lenguaje invisibiliza a la mujer con estos tratamientos.

Por ello, han surgido variadas propuestas, unas más oficiales que otras, para hablar de manera inclusiva. En actos formales se dice chilenos y chilenas” u “hombres y mujeres”; y en algunos textos “estimados/as” o “señores(as)”. Pero como siempre es posible buscarle la quinta pata al gato, estas fórmulas seguían privilegiando la figura masculina o resultaba demasiado engorroso utilizarlas. Incluso había documentos gubernamentales que anunciaban en su contraportada que el texto utilizaría el masculino genérico para evitar ser tan reiterativos.

De manera menos oficial surgieron maneras impronunciables y solo útiles de manera escrita para ser más inclusivos: la sustitución de las vocales en los morfemas de género por una x o un @. Así nos encontramos con pancartas estudiantiles que señalan “todxs” o “compañer@s”, pero que al momento de pronunciarlo nos encontramos con el dilema de siempre. Y es aquí donde surge la última y más criticada sugerencia de lenguaje inclusivo: el uso de la e. De esta forma, todxs nuestrxs compañerxs se transforman en todes nuestres compañeres lo que posibilita llevar el lenguaje inclusivo a la oralidad.

El lenguaje cambia, ¿pero lo forzamos a cambiar?

Antes de continuar, hay que aclarar que el uso de la e inclusiva no obliga a utilizarla en cada palabra como algunas personas burlonamente tratan de manifestar. Por tanto, no diríamos “le lenguaje inclusive es une forme de respetar a todes les persones cualquiere sea su identided de génere” a todas luces imposible y molesto, porque la e solo es para los sustantivos que designan a personas, en la mayoría de los casos, en plural. Seguramente los que critican lo saben, pero otros lo han preguntado sarcásticamente.

Ahora bien, uno de los principales argumentos para apoyar esta propuesta de lenguaje inclusivo es que el lenguaje cambia, que es una construcción social que se adapta a los cambios sociales e históricos. Basta con leer “El Cantar de Mío Cid” (año 1200 aproximadamente) o “Don Quijote de la Mancha” (1605), ambas consideradas obras clásicas de la lengua española, pero en sus versiones originales para darse cuenta lo mucho que ha cambiado nuestro idioma, hasta el punto de ser casi imposible entender algunos de estos textos.

Los cambios en el idioma español, que como todos saben se origina del latín vulgar, han sido por un lado fonéticos (sustitución de fonemas o eliminación de estos), también semánticos (cambio en el significado de algunas palabras) o la incorporación de vocabulario proveniente de otros idiomas (algo muy común, nuestra lengua tiene préstamos desde el árabe hasta lenguas amerindias), y por otro lado, variaciones morfológicas, es decir, en la formación de las palabras de acuerdo a categorías como género, número, modo, tiempo, etc., dependiendo del tipo de palabra. Hablar aquí de cuáles han sido todas estas transformaciones sería agotador, hablamos de mil años de evolución de nuestro idioma, pero sí es interesante referirse qué tanto influye en este proceso la voluntad de los hablantes por introducir cambios o si estos se dan de manera espontánea.

Los factores por los que cualquier idioma cambia son múltiples y usualmente responden a aspectos externos del lenguaje en sí. Nos encontramos entonces con factores socioculturales, políticos, históricos y geográficos. Las lenguas romances nacieron por la expansión del Imperio Romano, lo que produjo el contacto del latín con lenguas vernáculas las que se fueron desarrollando con el tiempo. Años después, la invasión musulmana en España produjo cambios significativos en el idioma. La unificación de los dialectos, se dieron por razones políticas, lo que obligó a la nivelación de las distintas variaciones del español en la península Ibérica. La conquista española sustituyó a las lenguas indígenas, aunque no pudo evitar verse afectada por esta interacción. La globalización en tiempos actuales todavía sigue modificando la manera en que hablamos, ya sea porque aceptamos neologismos o porque creamos nuevos verbos a partir de ellos (¿quién no ha dicho “resetea [del inglés, reset] el computador” por “reiniciar”?).

¿Cuántos de estos cambios dentro de una misma lengua se han dado por imposición? Como por ejemplo, obligar a todos a decir usted en vez de vuestra merced (no es que haya sido así). Quizá digan que con la aparición de la gramática normativa del castellano (con Nebrija en 1492), que no solo nos dice qué palabras se tildan y cuáles se escriben con v y cuáles con b, sino que además nos indica que no existe haiga, sino haya o que se dice vuelto y no volvido. Pero no, la Real Academia Española, a la que tanto se ataca con el tema del Lenguaje Inclusivo, no nos obliga a nada, porque no es el encargado de inventar las reglas gramaticales que rigen al español, sino sistematizarla y estandarizar su escritura para permitir la comprensión entre los hablantes de la Lengua, además de facilitar su estudio (como dato, los nombres de personajes antiguos pueden tener muchas y diferentes escrituras, debido a que no existían reglas específicas para escribirlos).

Ah, ¿pero cómo es que el Diccionario acepta palabras como toballa y blujín, pero le cuesta incorporar el uso de la e como género neutro? Bueno, eso es porque actualmente la RAE dejó de ser esa institución tiránica que nos trataba de ignorantes por incorporar formas lingüísticas de las clases bajas y nos “desaconsejaba” su uso en el habla culta, sino que ahora es mayormente descriptiva, lo que significa que recoge los usos del habla cotidiana. Cuando estas formas son usadas por un gran número de hablantes, pasan a considerarse como parte del uso. Pero tampoco significa que ahora pertenezcan al habla culto formal, por el contrario, muchas de ellas están acompañadas por las abreviaturas de “vulgar” o “coloquial”. Sirve más bien para poder identificar el significado de palabras que no conocíamos, pero que hemos escuchado muchas veces.

Pero todo proceso es paulatino y ocurre en un largo período de tiempo, por lo que no solemos darnos cuenta de estos cambios. Nadie se dio percató el momento en que el antiguo murciégalo se convirtió en el actual murciélago debido a un fenómeno lingüístico llamado metátesis (que ocurre cuando un sonido dentro de una palabra se cambia de lugar) y que en el futuro podría volver a considerarse correcto murciégalo. Quién sabe, quizá después el popular sándwich chileno sea el tocomple y no el completo. Pero a lo que iba es que, cuando algo cambia en el idioma al punto de aceptarse como algo normal, se da de forma tan espontánea y dilatado en el tiempo, que no resulta algo extraño ni forzoso. Y me refiero a cambios drásticos como en la morfología o fonología de una palabra en cuestión, como sería el caso del género neutro.

Cambiar el lenguaje no es tan sencillo

La primera vez que leí a alguien utilizar la e en los morfemas de género se me hizo una idea genial, sobre todo aplicado en la educación para no hablar de niños sino de niñes. Pero algo pasó que la idea dejó de atraerme, porque ya no hablábamos solo de niñes, sino que de pronto empezó a aparecer la e en todos lados, por lo que finalmente la lectura de aquellos mensajes se me hacía confusa. Aunque la verdad, nunca me llegó a molestar tanto como leer a algunas chicas hablar de su cuerpa o de su útera (lo siento, chicas, pero si nos vamos con esas, nosotras tendríamos que tener también hombras y los hombres tener cabezo).

Nunca llegué a oír a hablar a alguien en este llamado Lenguaje Inclusivo hasta hace no mucho, cuando en la toma de una universidad, una estudiante dio un confuso discurso intentado sustituir una estructura adquirida de su lenguaje, por otra nueva:

Sin ánimos de ofender ni nada por el estilo, pero este ejemplo permite ver lo difícil que es querer cambiar algo tan propio de la lengua como lo son las categorías de género. No es lo mismo que utilizar una nueva palabra o una jerga, porque son palabras completas y aisladas unas de otras que nos aprendemos. En cambio, querer modificar el género de las palabras de una manera en que no estamos acostumbrados nos obliga a cambiar todo nuestro vocabulario y tener que recordar ese cambio cada vez que utilizamos un sustantivo o un adjetivo, además del esfuerzo mental por reconocer cuáles palabras en nuestro discurso deben ser modificadas. Todo esto no es para nada algo espontáneo ni automático. Ni menos es algo que la RAE pueda decir que desde ahora existe el género neutro con el uso de la e para las palabras que se diferenciaban en femenino y en masculino, porque no es propio del Lenguaje, no es un cambio que se esté dando a gran escala. No todavía, al menos.

Mis conclusiones

Decía recién que esta propuesta me llegó a fastidiar en su momento, ¿pero saben qué? Ahora que más personas se burlan del Lenguaje Inclusivo, mientras más lo rechazan por las razones equivocadas (ya sea denigrando al feminismo o minimizando la violencia machista), más tiendo a aceptarlo… pero aún cuesta. Comprendo y acepto el fondo del asunto, pero la forma todavía hay que cuestionársela.

No voy a sugerir que aprendamos primero lengua de señas para ser verdaderamente inclusivos, porque eso se aleja totalmente del foco del asunto, pero sí considero que si tomamos en cuenta que uno de los principales problemas de nuestra lengua es la violencia simbólica, debemos empezar por eliminar los micromachismos. No podemos aceptar que en el fútbol se siga utilizando a las madres, las zorras y las monjas como insulto; que a un niño que llore mucho o sea débil se le trate de niña; que cuando un hombre se pone neurótico se diga que está peor que una mujer o a una mujer se le diga que está con la regla cada vez que se enoje justificadamente por algo; o también que cada vez que alguien se queje (especialmente un hombre) se le diga que tiene “arena en la vagina” (sí, sé que la “””broma””” viene de South Park, pero es que peor para mí: odio ese programa). Y así tantos otros ejemplos tan arraigados en el habla cotidiana.

Es verdad que esto deja fuera el segundo problema: las personas que no se sienten identificadas con ningún género o que se les asume un género al que no pertenecen. Pues bien, considero que el dejar de utilizar el masculino genérico sigue siendo algo de menor importancia que lo dicho en el párrafo anterior, es más violento sugerir que lo femenino es algo indeseable a confundir el género de alguien por desconocimiento. Afrontémoslo, una persona transfóbica no dejará de llamar como él a una mujer transgénero por más que exista el género neutro. Pero sí podemos poner de nuestra parte para dejar de propagar esos micromachismos existentes en nuestro lenguaje o educar para que otros dejen de usarlo. En fin, eliminar el sexismo en el lenguaje en todas sus formas.

Si bien espero que algún día podamos encontrar la manera más factible para poder respetar la identidad de género de cada quien, creo que es importante partir educando por un lenguaje más respetuoso hacia todos, especialmente las mujeres (ya sean cisgénero o no). Pero si cualquiera desea alterar la lengua para lograrlo, bienvenido sea, pero que recuerde que se trata de un acto político, más que lingüístico, no se puede obligar a la lengua aceptarlo ni a los demás hablantes a cambiar.

Nuevamente pienso en esa frase “el lenguaje crea realidades” y no, no pienso que sea así, especialmente si nos referimos a lo meramente verbal, más bien pienso que el lenguaje refleja nuestra realidad. Porque no todo es palabra, también son acciones, es lo que observamos lo que también configura nuestra visión de mundo…. Pero bueno, no deseo alargarme.

Finalmente, debo admitir que si bien sigo considerando poco viable esta propuesta de Lenguaje Inclusivo, pero que estoy abierta a cualquier otra sugerencia, esta idea de los compañeres ha permitido abrir el debate y generar interesantes discusiones que demuestran por qué es importante y necesario la inclusividad en nuestra sociedad.

PD: Si quieren leer otra opinión, les comparto este artículo que me pareció muy interesante y está mejor que el mío: aquí.

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